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¿La belleza de lo simple?: El caso de los fondos dotales de las universidades estadounidenses.


Resumen


Existe un grupo de 149 instituciones universitarias estadounidenses que todos los 30 de junio reportan la composición de sus portafolios de inversión y el rendimiento obtenido por los mismos, lo cual resulta de gran interés no solo para los inversionistas institucionales sino también para las personas naturales, pues tales portafolios son especies de “laboratorios” donde se pueden probar instrumentos y estrategias de inversión que generan lecciones que pueden ser aprovechadas por otros tipos de inversionistas.

Los fondos dotales (endowments) de las instituciones de educación superior estadounidenses han sido creados con donaciones de distintos grupos de interés que incluyen mecenas y egresados, y se incrementan además, con el resultado de sus inversiones. El de mayor capitalización es el la Universidad de Harvard, con un volumen de activos de 40,9 millardos de dólares al 30 de junio de 2019, seguido en orden de importancia por los la universidades de Yale (30,3 millardos), Stanford (27,7 millardos), Princeton (26,1 millardos) y el MIT con (17,4 millardos) respectivamente.

Fuente: Department of Education, National Center for Education Statistics.

A diferencia de otros inversionistas institucionales, estos tienen un horizonte de inversión de muy largo plazo, que cubre más de una generación, pues su misión es ayudar a cubrir el parte del presupuesto corrientes de las instituciones que los crearon, y proyectos especiales. Estas instituciones se supone que fueron creadas para mantenerse de forma indefinida.


Sin grandes restricciones de tiempo, y con normas de administración que evitan su descapitalización, pueden atreverse a definir estrategias de inversión cuyos frutos no tienen la urgencia de ser obtenidos en el corto o mediano plazo. Se supone además que cuentan con un capital relacional formado por egresados exitosos en el mundo de los negocios, y otros individuos que gustosamente están dispuestos a darles su consejo y formar parte de su gobierno corporativo.


Hasta hace un par de décadas invertían principalmente en acciones y bonos de oferta pública, e inmuebles, los cuales han venido abandonando recientemente para aumentar su participación en fondos de cobertura (hedge funds), fondos de capital privado y las llamadas inversiones alternativas (inmuebles, reservas forestales, grandes extensiones de tierra cultivable y reservorios de agua).


La migración hacia vehículos de inversión que no cotizan en mercados de oferta pública se debe principalmente al interés de mejorar el rendimiento de sus activos cobrando una prima de rendimiento adicional al invertir en propuestas poco liquidas. Además, sus altos montos de dinero disponibles para la inversión y su acceso preferencial a circuitos de inversionistas sofisticados, se supone les permite participar en propuestas de inversión en sectores de actividad muy innovadores al cual no tienen acceso los inversionistas institucionales promedio.


La pregunta que se estarán haciendo ahora, quienes están leyendo esta columna, es: ¿si tales instituciones realmente sacan un beneficio adicional al poner a trabajar estrategias que incorporan las ventajas descritas en los párrafos anteriores?


La respuesta no es clara. Los fondos dotales de las universidades estadounidenses generaron en promedio, para el año terminado el pasado 30 de junio, 5 por ciento de retorno. Muy por debajo del S&P 500, que para el mismo periodo produjo el 10,4 por ciento o por un clásico portafolio 70/30 acciones y bonos de oferta pública, que muchas veces se usa como referente para evaluar el desempeño de inversiones más complejas, que generó 9 por ciento.


Antes de la Gran Crisis Financiera de la década pasada, las inversiones poco liquidas a las cuales son tan afectos los fondos dotales universitarios estadounidenses, tuvieron rendimientos muy elevados, razón por la cual ganaron el interés de estos entes. Sin embargo, en los últimos diez años, la recuperación del mercado accionario estadounidense permitió al S&P 500 rentar anualmente 14,7 por ciento, y al ya mencionado portafolio 70/30 acciones y bonos de oferta pública el 11,4 por ciento mientras los portafolios de inversión de las universidades rentaron 8,6 por ciento.


Los comentarios previos nos permiten tratar de sacar varias reflexiones. La primera de ellas es que el retorno de un portafolio depende más de la escogencia de los sectores de actividad que van a ser exitosos que de los títulos individuales que conforman estos sectores. Muestra de ello es que al minimizar los portafolios de las universidades sus posiciones en acciones estadounidenses, no participaren en un mercado alcista que ha durado más de una década, y lamentablemente los activos ilíquidos que escogieron no estuvieron a la alta de las circunstancias.


La segunda, es que las estrategias alternativas, las inversiones en fondos de cobertura y de capital privado, se apoyan en asesores de inversión que cobran comisiones muy elevadas, cuyo impacto es más evidente en periodos de desempeños mediocres.


La tercera, es que no ha pasado todavía suficiente tiempo como para concluir que fue un error que los portafolios de inversión de las universidades migraran hacia vehículos de inversión menos líquidos ya que el retorno de muchas de estas inversiones podría materializarse con fuerza en el futuro. Sin embargo, la gran pregunta que alguna vez será respondida es sí la prima de iliquidez que pagan las inversiones alternativas y afines, justifican en incurrir en estrategias complejas y costosas. Tal vez el portafolio 70/30 acciones y bonos tiene un atractivo que aún no hemos aprendido a valorar.

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