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Cenit y nadir: la saga de los treasuries.


Nos pasamos la última década esperando que las tasas de interés en EE.UU. tocaran sus mínimos históricos, sabiendo que una vez alcanzado el nadir, el problema sería cómo lidiar con un portafolio de renta fija en un contexto de tasas al alza. A ese problema eventualmente llegaremos, mientras tanto tenemos que dilucidar si nos acercamos al final del mercado alcista de renta fija denominada en dólares que comenzó a mediados de los ochenta del siglo pasado, o si por el contrario vamos directo al sendero de las tasas de interés negativas en EE.UU., con las consiguientes ganancias de capital para quienes se sigan aferrando a los bonos apostando a que ese es el escenario posible.

Aquellos que ya eran adultos en la década de los ochenta del siglo pasado recordarán cuando el treasury con vencimiento a diez años, el título financiero más liquido del mundo, tenía un rendimiento del orden del 15 por ciento, y en ese momento, la gran pregunta que se hacían muchos inversionistas era si tal retorno les compensaría por la inflación de la siguiente década, la duda no era trivial considerando los antecedentes inflacionarios de EE. UU. en los años setenta.


Ahora, casi cuarenta años después nos encontramos con algo nunca visto en la historia de los treasuries, el mismo título de referencia del párrafo anterior, cuya cotización hemos seguido diariamente por décadas, tocó niveles de rendimiento del orden 0,69 por ciento el pasado jueves 5 de marzo.


Indudablemente, esta tasa refleja el temor de los inversionistas al comienzo de una posible recesión a nivel mundial, donde el Covid-19, fue la chispa que encendió la pradera. Sea o no este el caso, es un hecho que las baja tasas de interés llegaron hace mucho rato a los mercados financieros de los países desarrollados y lo hicieron para quedarse por un largo tiempo.


Los instrumentos de renta fija, y en particular los bonos, para muchos inversionistas dejaron de ser lo que se suponía que eran: suavizadores de la volatilidad y del retorno de los portafolios de inversión. Pero, desde que las presiones deflacionarias se han hecho presentes en las economías desarrolladas, estos han se han transformado en vehículos para apostar a la secular tendencia a la baja de las tasas de interés, y realizar ganancias de capital, ya que sus precios se mueven de manera inversa a sus rendimientos.


Nos pasamos la última década esperando que las tasas de interés en EE.UU. tocaran sus mínimos históricos, sabiendo que una vez alcanzado el nadir, el problema sería cómo lidiar con un portafolio de renta fija en un contexto de tasas al alza. A ese problema eventualmente llegaremos, mientras tanto tenemos que dilucidar si nos a<cercamos al final del mercado alcista de renta fija denominada en dólares que comenzó a mediados de los ochenta del siglo pasado, o si por el contrario vamos directo al sendero de las tasas de interés negativas en EE.UU., con las consiguientes ganancias de capital para quienes se sigan aferrando a los bonos, apostando a que ese es el escenario posible.


La posición conservadora, que es probablemente la más conveniente para los pequeños inversionistas, aunque les cueste aceptarlo, es comprar títulos de renta fija de muy corto vencimiento, aunque los retornos sean exiguos, y ese es el costo que deberán pagar, para evitar quedar atrapados en un mercado de tasas al alza.


El gran problema con esta posición conservadora es que podrían pasar años antes de que las tasas comiencen a subir de manera significativa nuevamente, y entonces puedan colocarse recursos, mejor remunerados, a un plazo más largo.


Las recomendaciones en el corto plazo son las de siempre. Además de deuda de corto vencimiento, identificar compañías estables que paguen dividendos generosos. El problema es que muchas veces un buen dividendo es señal de una empresa que puede tener dificultades para identificar oportunidades de crecimiento y es por ello que devuelve recursos a los accionistas.


El panorama de inversión en los próximos años para quienes invierten en los mercados financieros convencionales no luce particularmente halagüeño. La excesiva oferta de liquidez promovida por los bancos centrales para paliar la Gran Crisis Financiera de la década pasada ha encarecido las acciones de las empresas de las economías desarrolladas y ha promovido la emisión de deuda corporativa de baja calidad crediticia.


Para aquellos con abundantes recursos siempre quedan los mercados de inversiones alternativas, pero estos también han dado muestra de estar inundados por ese exceso de liquidez que infla los precios de todos los activos en oferta.

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