¿Consumen los Chinos más de lo que Creemos?
- Arca Análisis Económico
- 23 jun
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Actualizado: 11 ago

Resumen
Desde los años 80 se ha dicho que China creció como potencia manufacturera sacrificando consumo para invertir en infraestructura. Ruchir Sharma matiza: el consumo privado real creció más del 8 % anual en el siglo XXI, aunque se desaceleró al 5 % por el envejecimiento poblacional. La percepción de bajo consumo (40 % del PIB, menor que el promedio mundial) se debe a que la inversión — en infraestructura, inmuebles y manufactura— creció aún más rápido, promediando 10 % anual.
Hay una narrativa en el mundo de la economía que ha sido muy útil para explicar el comportamiento económico de China desde los años 80 del siglo pasado, y esta nos dice que cuando el gigante asiático decidió convertirse en una potencia manufacturera, lo hizo a expensas del consumo para poder destinar sus ahorros a la construcción de infraestructura productiva.
En opinión de Ruchir Sharma de Rockefeller Capital Management, quien además es un conocido columnista en tópicos de finanzas internacionales, la afirmación de que China invierte mucho y consume poco es una verdad a medias.
Si bien es cierto que existe un problema de sobreinversión, no está acompañado por una clara represión del consumo, y antes de invitar a la población a consumir más, es necesario entender mejor qué se oculta detrás de las cifras macroeconómicas.
Durante el siglo XXI, el gasto de consumo privado en China ha crecido por encima del 8% anual (en términos reales), cifra no igualada por ninguna otra economía del planeta. Sin embargo, la tasa de crecimiento de dicho gasto se ha desacelerado para tocar niveles del 5 por ciento anual en los últimos años debido principalmente al envejecimiento de la población.
La merma del consumo no es homogénea y la reducción de la tasa de crecimiento del mismo se hace más notable, principalmente en el sector de los servicios, no en el de los bienes.
El consumo de las economías que forman parte del llamado Milagro Asiático, entre las que se incluyen Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, también presentó un patrón de comportamiento similar al chino, con una tasa de crecimiento alta en la fase inicial de desarrollo que posteriormente fue desacelerando.
¿Por qué tenemos entonces esta percepción? Porque el consumo de dicho país, medido como un porcentaje de su PIB, es del orden del 40 por ciento, que es un valor mucho más bajo que el de la media mundial. Y esto se debe a que la inversión (infraestructura, bienes inmuebles y empresas de manufactura) como porcentaje del PIB ha crecido aún más rápido, con un promedio del 10 por ciento anual en este siglo.
Cuando se corrige el gasto del consumidor para incorporar los servicios que el gobierno chino paga por cuenta de la población, como es el caso de salud y educación, el consumo aumenta significativamente como porcentaje del PIB, rondando niveles del 55 por ciento, un nivel más cercano a los estándares internacionales. Mientras la inversión sigue siendo sustancialmente alta, ya que representa el 40% del PIB y prácticamente iguala al consumo.
En una economía típica, la inversión es menor que el consumo como porcentaje del PIB, pero es más importante para el ciclo económico. Los consumidores no pueden dejar de gastar en necesidades básicas durante una recesión, pero las empresas sí pueden dejar de invertir, al menos temporalmente. Este auge ha sido extremo. Solo 10 países han visto un pico de inversión superior al 40% del PIB, brevemente. A ese nivel de inversión comienzan a financiarse no solo los proyectos rentables, sino también los que destruyen valor, como es el caso de autopistas que conectan al país con zonas de poco movimiento económico o la construcción de vivienda en regiones donde no existe demanda real para las mismas.
China ha logrado mantener el flujo de inversiones gracias a la enorme cantidad de recursos que manejan los bancos que son propiedad del estado. El problema de la sobreinversión es complejo, porque no solo se financian proyectos que no crean valor, sino que también genera excedentes de productos que se destinan a la exportación, lo cual disgusta a sus socios comerciales, que se sienten invadidos.
Aunque el problema del gasto de consumo pudiese ser menor a lo que sugieren las estadísticas convencionales, sí hay problemas estructurales que ralentizan el flujo de recursos hacia ese segmento de la economía, y entre ellos se cuentan los controles migratorios internos que impiden que los habitantes de las zonas rurales se reubiquen fácilmente en las grandes ciudades donde hay empleos mejor remunerados. Deficiencias del régimen de pensiones obligan a los ciudadanos a limitarse en sus gastos corrientes para acumular recursos para la vejez.
Adicionalmente, cada vez que el gobierno chino realiza algún ajuste para terminar de consolidar el cambio de un modelo exportador a uno de consumo interno, se encuentra con problemas del modelo anterior que afectan directamente a los consumidores.
Al tratar de reducir los efectos de la sobreinversión, el gobierno se vio obligado a recortar los fondos dirigidos al sector inmobiliario, deprimiendo los precios de los inmuebles y paralizando algunos proyectos, lo que causó pérdidas a los individuos que usaban los inmuebles como vehículos de ahorro a largo plazo. Para poder sortear el impacto negativo de tales pérdidas, los afectados redujeron el consumo.
Sin embargo, el gobierno chino, en su afán de estimular el consumo, quiere articular un plan de acción, lo cual no es tarea fácil. Por lo pronto, han creado subsidios a la compra de electrodomésticos, pero estas no dejan de ser medidas transitorias. Para que las personas dejen de ahorrar y comiencen a gastar, necesitan certeza en la provisión de salud, vivienda y educación, y para ello hay que modificar, entre otras cosas, las políticas de movilidad interna, permitiendo a los individuos que se mudan del mundo rural al urbano tener acceso a estos servicios.
Para estimular el consumo se necesita primero reducir el endeudamiento de los hogares que es del orden del 60 por ciento del PIB, superior a la de países emergentes y muy similar a la estadounidense que es una economía de consumo por excelencia.
Al final el gran reto de China es corregir los desequilibrios causados por un modelo económico que durante mucho tiempo se basó en la producción para la exportación privilegiando así las inversiones que apuntalaban la capacidad productiva. Dar el giro hacia una economía de consumo no ha sido fácil pues hay una serie de intereses creados que se benefician mucho más del modelo económico imperante durante tantos años que el que ahora proponen las autoridades del país.
En opinión de Ruchir Sharma la solución no es desviar el foco de la intromisión estatal hacia el impulso del consumo. Es aceptar que China está agobiada por una población en declive, una productividad en descenso y una enorme carga de deuda. En la actualidad tiene una tasa de crecimiento potencial real más cercana al 2,5 por ciento que al 5 por ciento que espira el gobierno chino. Y a medida que el crecimiento se desacelere a un ritmo más realista, el consumo se expandirá naturalmente como porcentaje de la economía.









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