El Arco del Comercio Internacional en Rusia
- Arca Análisis Económico
- 10 mar
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Resumen
El libro “Zero Sum” de Charles Hecker analiza cómo Putin combina tácticas políticas y económicas con las élites que lo apoyan, ofreciendo pistas sobre la posible reintegración de Rusia tras la guerra. Hecker prevé que volverán primero empresas de alto riesgo, como energéticas y mineras, pero encontrarán una economía afectada por tasas de interés del 21 %, escasez de mano de obra y una clase media reducida.
En la fecha del tercer aniversario del comienzo de la invasión rusa a Ucrania, los mandatarios Trump y Putin sostuvieron un encuentro en el cual sugirieron que, una vez llegados a unos acuerdos básicos para lograr el fin de la guerra, Rusia estaría nuevamente abierta a los negocios internacionales. El presidente Trump y sus más cercanos colaboradores sostienen que, una vez lograda la paz, las oportunidades de negocios serán abundantes.
La relación de negocios de los rusos con el mundo occidental ha sido siempre muy accidentada, y caracterizada por cortos periodos de prosperidad seguidos por cataclismos políticos, en los cuales las empresas occidentales que apostaron a una nueva realidad económica, resultado de los cambios políticos en el país, terminaron perdiéndolo todo.
Los interesados en el tema de las relaciones político-económicas entre Rusia y Occidente encontrarán de gran interés el libro del periodista Charles Hecker titulado “Zero Sum”: The Arc of International Business in Russia” (Suma cero: el arco del comercio internacional en Rusia”), que salió a la venta en EE.UU. en días recientes.
En dicho texto, el autor ofrece un relato del ascenso y la caída de las empresas internacionales en Rusia, una historia que abarca desde la eufórica década de 1980 a finales de la Unión Soviética hasta la trágica ruptura de las relaciones comerciales después de la invasión de Ucrania en 2022.
Varias reseñas sobre este texto lo reconocen más como un detallado relato de primera mano de quien estuvo vinculado al mundo de negocios rusos en los últimos 35 años que como una fuente lo suficientemente seria para analizar los procesos que han tenido lugar en dicho periodo.
Sin embargo, los relatos recopilados en este libro pueden ser de utilidad para conocer la manera en que el presidente Putin mezcla las tácticas políticas con las transacciones económicas que mantiene con las élites que le han apoyado en el pasado, en la medida en que a partir de allí se pueda intuir cómo procederá en la búsqueda de la reinserción rusa en el comercio internacional.
Hecker recuerda a los lectores que el presidente Putin estabilizó a su país durante la primera década del siglo XXI gracias a una arbitraria redistribución de la propiedad en favor de quienes le apoyaban, así como a la rápida consolidación de la propiedad estatal. El creciente autoritarismo y las ambiciones geopolíticas del mandatario ruso cambiaron gradualmente las "reglas del juego" y, según Hecker, la comunidad empresarial no quiso evaluar adecuadamente estos cambios y, por lo tanto, responder al cambiante entorno económico y la trayectoria política de Rusia.
Este rasgo redistributivo se ha vuelto a encontrar a partir del año 2022 cuando, producto de las sanciones impuestas por EE.UU. y la Unión Europea, más de 1500 compañías registradas por el Yale Chief Executive Leadership Institute (YCELI) se han visto en el dilema de permanecer en el país haciendo lo mínimo requerido para atender a las sanciones, pero sin dejar de tener alguna presencia o vender sus operaciones a una fracción de su valor a quienes gozan de la aprobación del régimen ruso.
Hecker pronostica que las primeras empresas en regresar, si es que partieron del todo, son aquellas con alta tolerancia al riesgo, como son las del sector energético o las extractoras de minerales, que normalmente operan en ambientes de alta inestabilidad política.
Sin embargo, la Rusia que abandonaron no es la Rusia a la que regresarían. La economía del país, en estos tiempos de guerra, se enfrenta a tasas de interés del 21 por ciento, a la escasez de mano de obra y a una disminución del número de consumidores de clase media.
Por otro lado, no hay que desmitificar cuál ha sido la importancia relativa de Rusia dentro de la economía mundial. Antes de la invasión a Ucrania, el país era responsable de solo el 1,7 por ciento de la producción total mundial. Y la mayoría de las multinacionales en Rusia no obtuvieron allí más del 1 por ciento de sus ingresos globales, según datos del (YCELI) e investigadores de la Escuela de Economía de la Universidad de Kiev que siguen muy de cerca el comportamiento de las multinacionales en Rusia desde el mismo mes en que se produjo la invasión de Ucrania.
Datos recopilados por las instituciones ya mencionadas muestran que ha habido una gama de respuestas a las sanciones impuestas a Rusia por los que hasta ese momento eran sus socios comerciales.
Aquellas empresas que anteponen sus principios éticos por encima de las ganancias no volverán. Entre ellas están Danone, Carlsberg y la empresa energética alemana Uniper, a las cuales se les han confiscado sus activos.
Las que han permanecido lo han hecho variando su exposición de negocios en Rusia; algunas han tratado de mantener sin modificaciones su cartera de productos o servicios ajustándose a la demanda de una economía de guerra; otras mantienen sus activos, pero han paralizado las nuevas inversiones. Empresas como Coca-Cola han dejado de producir las marcas tradicionales, pero han introducido nuevas.
Existe un tercer grupo que ha dejado de operar, pero no ha abandonado oficialmente el país por temor a que les expropien sus activos. En todos los casos la repatriación de dividendos está suspendida. Las que optaron por cerrar sus operaciones y tratar de formalizar su salida tuvieron que vender sus negocios a descuento y pagar un recargo del 35 por ciento del valor de venta de sus activos calificado como una contribución “voluntaria” al gobierno.
Los compradores de estos activos son muy diversos y abarcan desde socios locales de dichas multinacionales, empleados corporativos que han levantado fondos para comprar la operación local en la que trabajaban, como es el caso de Paul Melling, citado en el libro de Hecker, que se asoció con directivos rusos para comprar la operación de Baker McKenzie, hasta miembros de la nueva oligarquía.
Muchas de estas operaciones de venta se dan con opciones de compra a futuro que se ejercerían si el conflicto cesa. Pero cuando las empresas son vendidas a la nueva oligarquía, que, por cierto, según Hecker, la forman individuos que no fueron sancionados cuando estalló la guerra porque no son parte del grupo de multimillonarios que hicieron sus fortunas durante los primeros años del régimen de Putin, cabe preguntarse si los nuevos propietarios estarían dispuestos a vender de vuelta estas operaciones a sus dueños originales y en qué condiciones.
En opinión de Hecker, el regreso de algunas empresas y la reactivación de otras comenzarán una vez que se eliminen las sanciones que a Rusia le impusieron EE.UU. y la Unión Europea. En una primera fase habrá un mayor énfasis en recuperar viejas inversiones que en asumir nuevos riesgos.
Lamentablemente, el panorama de inversiones que ofrecerá la Rusia de posguerra no es tan prometedor como los miembros del equipo asesor del presidente Trump quieren hacer creer. Pero dados los antecedentes históricos de la relación de Rusia con Occidente, siempre puede haber una siguiente oportunidad para hacer negocios allí.









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