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El que produce y no reparte: ¿le toca la mejor parte?

Actualizado: sep 8


La reducción del retorno de los títulos valores de oferta publica en los países desarrollados ha obligado a los inversionistas institucionales a incursionar en el mercado privado de acciones, esto ha traído como consecuencia la disminución de nuevas emisiones públicas de acciones y probablemente una caída futura en la rentabilidad de los fondos de capital privado producto de la sobre oferta de dinero invertible.

Hay una notable diferencia entre los planes de los fundadores de las empresas de alta tecnología de la última década del siglo XX y de los que operan actualmente.


A finales del siglo XX la meta de muchos de estos fundadores era llevar sus empresas a bolsa lo más rápido posible o venderlas en una transacción privada a una empresa más grande interesada en ahorrarse el tiempo requerido para desarrollar el bien o servicio que podía adquirir mediante esta transacción.


En la actualidad la situación es bastante diferente. Mientras en la década de los 90 del siglo pasado, las empresas que debutaban en bolsa tenían no más de ocho años de antigüedad, hoy en día ese número ha subido a 11 años.


Hay varias razones que explican el fenómeno de retrasar el debut de las empresas en los mercados accionarios. Una de ellas es el costo de las emisiones. No en balde, algunos potenciales emisores han tratado de minimizarlos haciendo colocaciones directas en bolsa sin la intermediación de bancos de inversión, con lo cual corren el riesgo de no colocar todos los títulos ofertados. Lo que es un terrible antecedente para futuras rondas de levantamiento de capital.


Otros no acuden a los mercados de oferta pública, porque simplemente en el segmento donde actúan los fondos de capital privado pueden conseguir abundantes socios en condiciones bastante razonables.


¿Cuál es la razón de esa abundancia de recursos disponibles para las operaciones de capital privado? Es una mezcla de factores. Por un lado, el régimen de bajas tasas de interés ha obligado a los inversionistas en general a abrir su mente a nuevas opciones que los instrumentos de renta fija convencionales no les ofrecen.


Por otro lado, en año 1996 cotizaban en las bolsas estadounidenses 8.000 compañías, ese número se redujo a 4.400 en 2019. Por lo que ahora tenemos muchos más fondos de inversión compitiendo por poseer un número menor de acciones, esto genera en el largo plazo una inflación de los precios de los activos financieros y una reducción de la rentabilidad futura de estos. Se estima que el rendimiento promedio del S&P 500 en los próximos 10 años será de 6 por ciento, de los cuales 2 por ciento vendrá vía dividendos y el 4 por ciento restante por apreciación de capital.


Para muchos fondos de inversión un rendimiento de 6 por ciento es insuficiente, en particular para los fondos de retiro, que se debaten entre reducir beneficios, aumentar las contribuciones de empleados y empleadores o tomar más riesgo.


La gran pregunta que flota en el ambiente es sí las inversiones en estas compañías que retrasan su salida a bolsa serán tan rentables en el futuro como lo fueron en las dos últimas décadas. Hay mucho chance que la respuesta sea negativa, porque en la medida en que los intermediarios en el sector de capital privado dispongan de más recursos para invertir, facilitados por los inversionistas institucionales que no pueden vivir con los niveles de rentabilidad de los mercados de oferta pública, mayor será la competencia por las acciones de estas compañías y menores los retornos futuros.


Sí el público en general no tiene acceso a una porción de la creación de valor que generan las tecnologías emergentes, o dicho acceso es limitado y tardío, la brecha de desigualdad de la riqueza se seguirán ampliando y las consecuencias serán terribles.

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