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Nació BITO: ¿Debemos felicitarnos por ello?


Finalmente, después de ocho años, la Comisión Nacional de Valores de EE.UU. aprobó el primer Exchange Traded Fund, que circulará en el mercado financiero estadounidense, vinculado directamente al desempeño del Bitcoin. Las reacciones de la prensa especializada han sido variadas. Quienes promocionan los criptoactivos piensan que es un gran paso para que los inversionistas institucionales y las personas naturales accedan a este segmento de inversión. Sus detractores lo ven como un mecanismo muy oneroso para invertir en un sector de riesgos difíciles de cuantificar. El hecho es que los instrumentos de oferta publica atados a las criptomonedas comienzan a estar disponibles y con ellos los retos regulatorios.

Finalmente, después de ocho años, la Comisión Nacional de Valores de EE.UU. (SEC por sus siglas en inglés) aprobó el primer Exchange Traded Fund (ETF) vinculado directamente al desempeño del Bitcoin, que circulará en el mercado financiero estadounidense. El producto conocido con el nombre de The ProShares Bitcoin Strategy ETF (BITO), debutó el pasado 19 de octubre de 2021 en el mercado secundario, y el volumen transado fue el segundo más alto en la historia para un producto de esta naturaleza.


Solo como un hecho anecdótico recordemos que en 1993 apareció el primer ETF de acciones cotizado en EE.UU. (Canadá había lanzado un instrumento similar en 1976); fue seguido por el de renta fija en el 2002 y el de oro físico en 2004.


BITO compra contratos a futuro que siguen el precio del bitcoin, en lugar de poseer directamente la criptomoneda, razón por la cual no actúa como una cobertura perfecta frente a los movimientos del activo subyacente debido a los costos transaccionales. Sus costos de manejo son del 1 por ciento anual calculado sobre el de valor de los activos en custodia, a los cuales hay que sumar los costos de renovación de los contratos a futuros adquiridos, lo que se conoce con el nombre de Rolling, que los expertos estiman pueden oscilar entre 5 y 10 por ciento.


La cobertura de la prensa especializada en relación a este debut ha sido abundante y diversa en relación a la valoración de la aparición de este nuevo producto.


Quienes lo promocionan consideran que es la manera de dar a los inversionistas institucionales la posibilidad de invertir en bitcoins bajo el paragua regulatorio del Chicago Mercantil Exchange, evitando algunos riesgos que se toman cuando se posee directamente la criptomoneda entre los cuales se cuenta el participar involuntariamente en circuitos de lavado de activos, los asaltos de los hackers a las plataformas que custodian los criptoactivos, así como posibles fraudes que se pudiesen ejecutar fuera de las instancias regulatorias estadounidenses.


Sus detractores parten de un principio fundamental en el mundo de los derivados, el cual es que un producto debe existir, desde un punto de vista social, cuando cumple la función de mitigar el riesgo de un grupo de actores de la economía que están dispuesto a comprar una póliza de cobertura a cambio de transferir a un tercero (especulador) el impacto negativo de un evento que pondría en peligro sus operaciones.


Como las operaciones con bitcoins son de naturaleza especulativa principalmente, no hay razón social que justifique que estos contratos existan y mucho menos para que surja un ETF que permita exponer a inversionistas institucionales y a personas naturales a un activo financiero de naturaleza compleja.


Los ETF existen porque crean la posibilidad estandarizar el acceso a familias de activos de inversión de interés general, como pueden ser las materias primas o portafolios de acciones emblemáticos, pagando costos administrativos bajos. En tal sentido, para aquellos inversionistas que consideran que una inversión en bitcoins calza con sus objetivos de inversión, el lanzamiento de BITO es una opción que deberían tomar en cuenta.


Sin embargo, aquellos que ya tienen experiencia comprando bitcoins en las plataformas existentes encontrarán los costos de operar con este nuevo ETF particularmente oneroso. Pero en la medida que instrumentos de oferta pública que apuesten al desempeño de los criptoactivos se popularicen la competencia reducirá una buena parte de los costos transaccionales y los organismos reguladores desarrollarán capacidades supervisorias para estar a la altura del desafío.


Como siempre, la gran pregunta que subyace es: ¿hasta qué punto las criptomonedas son una opción de inversión que debe ser accesible al público general?

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